Exposición CortArte, pegArte y embalArte de Juanjo Tejera

Edificio Cultural Ponce de León
Calle Castillo, 6 –  Edificio Mapfre – Las Palmas de Gran Canaria

Inauguración el 22 de diciembre y estará abierta hasta el 23 de febrero 2018.

La obra de Juanjo Tejera evoca la precisión minuciosa de un relojero, el sosiego de aquellos miniaturistas de libros, quizá, la pericia de los antiguos maestros de vitral, pues como ellos, otorga a cada trocito de cinta mimo y mesura, destreza y paciencia, tiempo, virtudes atribuidas universalmente a esos viejos artesanos. Y es que en la obra de este artista hay mucho de “arte-sano”, término o juego de palabras que en la película Tan antiguo como el mundo (magnífico filme de los hermanos Nayra y Javier Sanz Fuentes) adquiere una dimensión alegórica en boca de su protagonista, el pintor gallego Antón Lamazares (Lalín, Pontevedra, 1954).

El pintor, en su reflexión sobre la pintura y la poesía, sobre el arte y la existencia en un mundo capitalista en el que naturaleza y tecnología, velocidad y consumo se arremolinan sin más criterio que el del dinero, en esta encrucijada, Lamazares evoca otra época, otra duración, otro tiempo, el de la aldea, el del artesano. Un tiempo pretérito, exacto, que se puede medir en estos embalajes, en estas intervenciones que añoran las mañas de aquellos iluminadores de códices medievales, las habilidades de los expertos que hicieron posible toda la magia que destilan las vidrieras góticas.

Resulta sencillo rastrear en estas imágenes esa mesura y precisión, el aliento de cada respiración precipitándose sobre un gesto colmado ahora de aquel tiempo, y que reclama la necesaria cercanía del ojo a la vez que vence la verticalidad del cuerpo, en una reverencia con la que este artista adopta la ergonomía del artesano, una mueca milimétrica con la que operar el milagro de lo microscópico.

Esta obra de plástico y pegamento germina desde la acumulación. Trocito a trocito se va urdiendo este entramado complejo, fruto de un proceso en el que el artista confiesa que ha ido mixturando formación, trabajo, investigación “científica”, en forma de ensayo y error, catalizado todo con imaginación y pasión, algo que fluye de manera natural y generosa. Los rollos de cinta adhesiva y de embalaje, la tabla de corte y el cúter, son herramienta y código al mismo tiempo. La cinta es óleo y acrílico, tono y textura, luz y color. La tabla de corte es la paleta donde fusionar y mezclar estos colores, el cúter, las cuchillas, heredan el oficio del pincel.

Desde que se licenció en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna comienza la combinación de dos pasiones, la creación artística y el carnaval, lo que lo lleva a ser el primero en alcanzar por dos veces el máximo galardón en la Gala Drag Queen del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria (2006 y 2009), tras participar en la fiesta de manera ininterrumpida desde 2002 hasta 2013.

Desde entonces la cinta es para este artista, material creativo, el germen de las piezas que conforman esta exposición. Este plástico encolado era la solución ideal para salvar una incapacidad, su desconocimiento de la costura.

A la hora de diseñar y confeccionar aquellos vestuarios y complementos, la cinta le sirvió para coser sin la necesidad de usar hilo y aguja.

Muy pronto, los errores, los fragmentos de cinta descartados y adheridos a la tabla de corte le situaron ante un microsistema visual que hizo suyo. Aquellas huellas de pegamento, aquellos trocitos de cinta desechada, despegados una y otra vez, soldados de manera temporal a la tabla de corte, se transfiguraron, tras una mirada relajada, en otra cosa, en la imagen de un paisaje, de una ruina, en un rostro familiar o amigable, en multitud de huellas abstractas con las que poder fabular.

Decía Bertold Brech que lo familiar, por más recurrente simple o común que sea, hay que tratarlo como algo inusual y es ahí precisamente, en lo familiar, donde Juanjo tropezó con lo excepcional, la esencia de su obra. CortArte, pegArte y embalArte es una reflexión sobre la intimidad, un puñado de imágenes que congelan retazos de su vida privada, detalles íntimos, de su pareja, de su familia, de sus amigos, de sus rincones cotidianos.

Una intimidad huidiza, retratos del interior de un armario o de los elementos que decoran una mesa; la visión sesgada de su cocina o del baño de su taller; el enfoque delirante de unas playeras y sus cordones, de unos zapatos armoniosamente descolocados.

En definitiva, la quintaesencia de la imagen limítrofe, aquello que durante un segundo fue protagonista de la percepción retiniana y que Juanjo necesita rescatar de la indiferencia.

Es la visión del mundo del revés, la mirada al espejo de Alicia.

Pero esta contemplación se vuelve voyeur al escrutar la vida de los otros, de la gente en la playa, paseando o tomando el sol; del vecino que se asoma a la ventana; de los transeúntes que habitan las calles, de los que esperan la guagua o los que anhelan aventura en ella, ensimismados en sus pensamientos, leyendo, mirando el móvil; también de los pasajeros del avión que sueñan a 10.000 metros del altura, ya sea durmiendo o viajando a través de la pantalla, con los ojos puestos en el teléfono.

Son imágenes habitualmente fugaces, que se diluyen sin más, de amortización instantánea y de sabor etéreo, pero que irradian un desconcierto que Juanjo necesita interpretar y codificar, cortar y pegar, seguramente, porque su retina es la de un mirón, pero también porque todos llevamos, en nuestro interior, a un voyeur que desea ponderar estos iconos.

Y es que esta, a priori, inocente reflexión sobre la intimidad encierra al mismo tiempo toda una especulación sobre el voyeurismo, sobre la frontera que separa al observador, al artista que escruta el mundo, del mirón. Juanjo transita un camino recorrido por otros artistas, Johanns Vermeer, Edward Hopper, Balthus, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick, Erich Fischl, la lista podría ser tan extensa como disímil, pero el atajo de Tejera es provechoso, pues crea un complejo de presencias y ausencias, de arquetipos enigmáticos que se relacionan e insertan en un ambiente cargado de sensaciones, de reminiscencias y guiños a la obra de estos artistas, de su estilo, de sus inquietudes.

Estos embalajes son una invitación continua a la fantasía, pues cada protagonista, cada escena interpela al espectador.

¿Quién es esta gente? ¿Cuál es el destino final de su camino? ¿Qué miran o leen en el móvil?, ¿Quién está al otro lado? Las respuestas las tiene el espectador, es el que sublima y completa esta quimera, quien descubre estas efigies y se pregunta, especialmente, por el secreto de las ausencias.

Estamos ante representaciones cargadas con ese secretismo que ya codificó Veermer en su Mujer de azul leyendo una carta o en La joven de la perla. Modelos de plástico que soportarían la mirada indiscreta y enigmática de Hopper, pues al igual que los personajes del pintor americano, solemnes en esa representación tan cinematográfica del silencio, estos intérpretes empaquetados son igualmente sombras de sigilo, se defienden expresando su mutismo, su afonía, mientras resulta evidente que esperan algo, que seguramente muestran menos de lo que desean.

Tejera es certero trazando líneas de confluencia con la Historia del Arte, atrapa en su maraña de cinta el descaro y el enigmático ambiente que dinamiza las escenas de Balthus o de Erich Fischl, cuyo cuadro, Chico malo, se intuye en los ojos de ese niño que fisgonea el mundo asomado a una obscura pantalla de televisión, o escondido tras una persiana, idéntico tragaluz desde el que James Stewart diseccionaba, con la vehemencia voyeur de Hitchcock, su vecindario, el mundo. Juanjo desea hocicar el vecindario y por ello también sale a la ventana, se autorretrata en ella, cruzando así el espejo para relacionar intimidades, resolviendo un conflicto al consumar la transformación del artista en voyeur, un mirón espiritual pero a la vez actante. Se produce así una interacción entre dos universos habitualmente paralelos, obra y artista.

La experiencia estética se convierte en una pesquisa sobre sí mismo. La obra se convierte en sujeto para el artista y el creador se vuelve producto estético. Pero igualmente este agujero de gusano no sólo conecta estas dos posiciones, sino que se produce además una alteración de los significados que se cruzan ahora, recodificados, en una espiral ad infinitum que conecta, en un viaje de ida y vuelta, al creador con su obra, al artista y al voyeur.

Pero se trata de un mirón reflexivo, capaz de releer la cultura audiovisual y establecer tropos icónicos, como el de esa Lolita creada por Vladimir Nabokov, personaje que Kubrick eleva a la categoría de icono y que Tejera examina con su cinta, mediante la excusa de una amiga, quizá de una vecina, que toma el sol mientras es espiada por la mirada de esa ecuación Tejera-niño-mirón. Este voyeurismo, un tema inagotable, se ve revitalizado por las nuevas tecnologías, ya que se hace verbo en las redes sociales, iconosfera virtual en la que la gente se expone y exhibe su intimidad, en un ejercicio de ambigüedad visual saturado por un sinfín de alegorías de las que este entrometido no se puede evadir.

El móvil juega entonces un doble papel protagonista; es la herramienta-cámara que permite a Juanjo congelar todo aquello que seguidamente embala, pero se trata también de un objeto litúrgico, la puerta de entrada al culto de la exhibición, a un catálogo de representaciones confusas.

Juanjo Tejera vampiriza esas representaciones, necesita robarlas, descifrarlas y volver a codificarlas, necesita cortArte, pegArte y embalArte, pues en esa mueca encuentra sosiego, posiblemente la misma placidez que percibe el espectador que comprende este alfabeto de cinta, un lenguaje que significa texturas, gradaciones del color, relaciones tonales que ensamblan felizmente los ambientes y las figuras.

Un trabajo solvente al rastrear la historia del Arte, pues estas huellas de plástico encuentran acomodo en ese detallismo por acumulación del mosaico de la antigüedad clásica, o en los collagues que tanto interesaron a cubistas, dadaístas o surrealistas, y que tuvieron en Picasso a su padre espiritual. De hecho, sus señoritas de Avignon o el propio Guernica están presentes, como asegura Tejera, en su imaginario; un alfabeto voyeur, metafórico, pero afectado asimismo por la idea del apropiacionismo, de esa necesidad de malversar imágenes e intervenirlas, de recodificar a da Vinci como ya hiciera Duchamp, haciendo bueno el axioma picassiano del expolio como virtud, una moralidad compartida por multitud de depredadores sensoriales, nuevamente la lista sería extensa y abierta a la imaginación, todo un cofre cuya cerradura pertenece a Tejera, el espectador sólo tiene que vencer la verticalidad del cuerpo, en una reverencia que le permita adoptar la ergonomía de este artesano y asomarse sin más a esta hendidura, mirar a través del ojo de la cerradura para comprobar que tan sólo hay un espejo que le devolverá su propio retrato, eso sí, descifrado mediante la cinta de embalar, fragmento a fragmento.

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